Rodrigo Painemán Ojeda
Los dragones aun custodian su guarida. Me llaman. Quieren que les acompañe. En este Sabbath hay uno que dirige, y quiere que le supla, que adopte nuevamente mi armadura y que los devore a todos. Que les asimile.
Ocho dragones, ocho el día de mi nacimiento, ocho los sueños premonitorios que me advertían de todo esto. Ocho las edades de este planeta y un ocho de costado es el símbolo del infinito creado por los antiguos.
Pero, y ahora cómo les enfrento. Su poder es grande, magnánimo. Y mi cobardía también, soy un ente microscópico frente a ellos. No se qué hacer.
Luego, Oigres, el mayor de los dragones me enseña mi coraza. Roja, brillante. Rodeada por llamas. No, más bien las llamas brotan de ella. En lo que él me dice: “! Ogirdor!, el corazón está arriba, y pertenece al elemento del fuego, como el valor y el coraje. Tú, tú tienes corazón, tienes valor, pero es el coraje tu falencia. Ahora tómalo, decídete y enfrenta al peor de los demonios, tu miedo al devenir. A la nada. Al futuro, tu futuro. Enfrenta tu destino ahora.”
Luego de eso el dragón solo se marcho, dejándome frente a la armadura flameante, seductora y atrayente, e igual de intimidante.
Y los recuerdos de mis amigos caídos en batalla se hicieron presentes. El momento en que nos enrollamos, y todas las penurias que tuvimos que atravesar para obtener ese grado de alférez de Libertia. Ho Libertia, la ciudad que me vio crecer junto a Analet, Aidana, Nosreme, Sigfrodus y Anhaj; mis amigos, muertos todos por ese canalla del capitán Zaror.
Fue entonces que me envalentoné y puse fin al temor de no tomar represalia contra aquel desgraciado. Travesé con mi mano las llamas que brotaban de la armadura le tome por la solapa. Me dolió hasta lo más profundo de lo que quedaba de mi ser. Las manos me ardían como si estuviera atravesando las llamas del mismo infierno, pero no me importó. Tenía ante mi una tarea por cumplir. Vengar la memoria de mis amigos y con ello restablecer el orden de la comunión de las ocho espadas de oro.
Ya cuando hube terminado de colocarme la coraza de dragón me asomé hacia las afueras de la caverna. Me encontré con tamaña sorpresa: la colina estaba llena de cientos de dragones, y cada uno de ellos era montado por un hombre. Espectáculo más impresionante que ese no había visto jamás. Tal hermosura de paisaje no se comparaba con nada de lo que hasta ese momento conocía. Era formidable, y a la vez desconcertante. No saber qué nos deparaba el futuro era abrumador, mas aun cuando de las decisiones propias dependían las vidas de tantos guerreros.
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