Extensión de la interpretación heideggeriana en “¿Qué es metafísica?” en torno a la angustia y la aprehensión nihilista de lo que es en tanto que es y de lo que no es en tanto que no es.
Ciertamente, al ocuparse del tema de la nada y de cómo los científicos, ensimismados en su quehacer, no son capaces de dar cuenta de la manifestación de la nada, ya que la carencia de dominio teórico y cotidiano sobre el área les vuelve obsoletos, debido a que no reparan en nada que no este ya suscrito a la región del ente estudiado por ellos mismos, es que logra suscitar la atención de, tanto expertos como inexpertos en las ciencias.
Esto se debe, sin lugar a dudas, porque la expresión “la nada” es por sí misma estremecedora. Conmueve a todo aquel que no posee un dominio del lenguaje. De hecho con ella lo primero que uno se imagina es un vacío universal, un agujero negro, que lo devora todo, como en la película “la historia sin fin”.
Es precisamente aquel vacío desolador, indefinible, el que provoca en cada uno de nosotros la bien llamada y siempre mal ponderada “angustia”. Angustia que siempre –a modo como lo comenta Heidegger- siempre es angustia de algo. Algo que por mucho que uno busque, cavile, investigue, etc. no logra nunca dar con ello.
Se nos escapa. Increíblemente se nos escapa, se aleja toda posible reconciliación de aquello con nuestro entendimiento.
Y aun cuando el motivo sea sencillo, Heidegger nos restriega en la cara su causa, es excesivamente claro, yace ante nuestras narices, obstruidas casi de tan próxima que es la solución a la interrogación aterrante del por qué se está angustiado. Aquello que se nos oculta, irremediablemente, es lo amorfo. Esta es no menos que una aporía amorfita, sin pies ni cabeza. Es eso algo ilimitado. Aquello que al primer oído suena raro. Y es raro. Porque es lo ilimitado. Eso que Kant denominó como noúmenon.
Aun cuando Kant manifestó la existencia del noúmenon cuando trataba de dar un fundamento estricto y riguroso a la metafísica, con intención de consagrarla como ciencia. Es justo y necesario el reconocimiento que se le debe hacer. Ya que sin una consideración contundente del cómo son abordados los principios rectores de las ciencias positivas, como lo hace Kant en “Crítica de la Razón Pura”, no hubiese sido posible una comprensión correcta, duradera e inconmovible de la capacidad de raciocinar, la que nos constituye como seres humanos, que si bien, podemos ser siempre en lo finito, mas al final, somos metafísicos; como nos llega hasta ahora la respectiva capacidad de cuestionarnos –propia de cada quien-, en tanto interrogantes dueños del nous y dueños de un alma.
Además de Kant, uno más gigante que él ya se pronunciaba al respecto cuatrocientos años antes de cristo, Platón en el dialogo “el Sofista” ya hacia gala de su comprensión de la diferencia entre Ser y No ser. La que convoca también a Hegel, quien es citado por Heidegger, cuando esgrima: “el ser puro y la pura nada son lo mismo”.
En hora buena, aquella nada, ilimitada, que nos restriega Heidegger, es también el no-ser platónico, o válgase también el noúmenon kantiano. Es lo que nos produce la angustia, es la nada. Y lo hace en virtud de su ser.
La facultad primera de esta nada es sin duda el ocultarse y generar, en quien no es capaz de darse cuenta de ella, pavor, estupor e impotencia. Es claro, en lo cotidiano no nos preocupamos de ella, ni mucho menos cuando no nos ha tocado, no intentamos siquiera teorizar sobre tal condición. Ni más aún, en una comprensión de término medio, como se expone en Ser y Tiempo, no hay posibilidad de manejar una noción delimitada o definida de este tan extraño ser, ilimitado, al que gusta burlarse de nosotros cuando no le comprendemos.
Una interpretación sociológica adecuada de la nada, esa que se traga todos los valores supremos que rigen nuestra convivencia, llámense Dios, fe y respeto, etcétera. Es aquella que se le atribuye al nihilismo europeo, famoso por la concepción nietzscheana, al que se le caracteriza como nihilismo positivo.
Cosa curiosa. ¿Cómo puede algo que está regido por lo misma nada, que se lo devora todo con el paso del tiempo, sueños, anhelos, costumbres, y hasta imperios, ser positivo?
Lo positivo, anecdóticamente, es que se lo devora todo. Al modo en que se vacía una jarra de vidrio cuando el contenido se pudre y le desechamos. Se vierte su contenido entero, pleno, por el lavabo. Y cosa curiosa, está vacío. Cierta indeterminada nada le llenó, o mejor dicho, le vació. Y ahora está listo para llenarse nuevamente.
Es entonces que en el nihilismo positivo, activo, se hace aprovecho de este drenaje cultural –pero no se debe comprender nihilismo como el dejar de lado los valores, esto de nihilismo es solo el nombre de este fenómeno- para limpiar de la escoria a la humanidad, luego así se ha de obtener una generación, quizás casi infantil, algo más allá del bien y del mal, la que pueda ella misma generar todo nuevo, sin vicios. Algo totalmente puro respecto de lo que se desechó.
Eso sociologicamente. Pero qué pasa con nuestra nada, aquella que se nos presenta a cada uno en forma particular, no la que se deshace de la cultura, sino la que se deshace de nuestra certeza, que quizás en eso sean iguales, en eso y en lo indeterminadas ante nuestros ojos. ¿Pero si son ambas indeterminadas ante nuestros ojos, debe haber algo que si sea determinado? Claro que lo hay, y es lo inmediatamente objetivo. Lo ente.
Luego, si lo ente es lo determinado, ¿será lo no-ente lo indeterminado? En cierta medida. Solo en la medida de lo que en nuestro foco de atención directa, es halle lo considerado como lo ente propiamente, respecto de aquello que no lo es.
Kant lo demostraba claramente, el fenómeno es aquello que se manifiesta tal como es en sí mismo, lo ente, y el noúmenon es lo que posibilita que se manifieste ese fenómeno, es la imagen de trasfondo, el telón sobre el cual se presenta la obra, la mal concebida nada.
¿Pero si la nada es delimitable, lo es a su vez el ente del cual depende? No, sólo el ente que depende de la nada, y la nada a su vez del mismo ente, puede delimitarse, en función de un orden óntico ontológico, en pro del bienestar de quien es el espectador anonadado de cómo le huyen las tinieblas, dejando el abismo al descubierto ante sus ojos, sorprendido de tamaño golpe visual. Que fortuna el no haber caído por el precipicio de la angustia, la cosa curiosa esa desaparece tan rápido como cuando nos abordó, dejando el espacio, el que en este momento me sirve de telón de fondo.
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