Interpretación extraída desde los veintidós libros de
Rodrigo Paineman Ojeda
Primeramente se necesita especificar que la filosofía agustiniana se centra en dos temas esenciales: Dios y el hombre.
Luego, que mantiene su noción sobre que el tiempo es creación de Dios, y antes de crear el cielo y la tierra no había tiempo, ni tampoco historia. Y si este, el tiempo, implica un pasado, un futuro y un presente, el pasado ya no existe y el futuro aún no es. En cuanto al presente es un continuado dejar de ser, un continuo tender hacia el no ser, ya que se caracteriza por no poseer extensión física. Luego, no es en lo físico donde este (el tiempo) puede ser medible, sino en cuanto a que es una distensión del Alma, es en esta donde se puede medir, pues es esta la que recuerda, atiende y espera las imágenes de los sucesos que en este se dan.[1]
No obstante, aquí se busca la concepción de la historia. Y como el obispo de Hipona, se sabe, era un ferviente seguidor de los escrito platónicos, los que conoció gracias a Cicerón, se opuso a la concepción platónica de la historia, la que proponía la eterna existencia de la tierra, con lo cual claramente restaba importancia a la intervención de dios en esta, y mas aun, a las sagradas escrituras, las que defiende apologéticamente, esto es, utilizando los mismos en función de su defensa.
No obstante, al centrarnos en la obra
Los cinco libros siguientes se dan contra aquellos que admiten que desgracias similares han golpeado desde siempre a los mortales y los azotarán en el futuro, pero aseguran que el culto sacrificial a los muchos dioses es recomendable debido a la vida futura después de la muerte.
En la segunda parte defiende la doctrina cristiana (l. 11-22). Aquí los cuatro primeros libros tratan del origen de ambas ciudades, la ciudad de Dios y la ciudad terrena; los cuatro siguientes se ocupan del curso favorable o desfavorable de ellas; y los cuatro últimos, de su resultado debido.
La tesis central de la obra, es la providencia divina, que guía a la humanidad, dividida en dos ciudades, nacidas de dos amores, el amor de sí y el amor de Dios. Lo que se expone por medio de metáforas, como lo es el caso de Caín y Abel, uno como peregrino y el otro como habitante de la ciudad terrena. O expuesto también desde la relación de hijos de la libertad y la esclavitud como es el caso de Ismael e Isaac, nacidos de los dos amores, Sara – la libre- y Agar – la esclava-. Estos dos son expuestos como ciudadanos de las dos ciudades, considerando que son hijos de un mismo proceder, Abrahán, y este a su vez, proviene de un origen común, Adán. Ismael, como hijo de la esclava – dice Agustín- pertenece al pueblo terreno, no así Isaac, por ser sólo un peregrino que va de paso.
No es menor mencionar que Agustín al hacer una revisión de los textos sagrados, va más allá de estos mismos. Eg. En el libro VIII nos comenta sobre la naturaleza de las Almas de los hombres, los dioses y los demonios. Capitalizando la atención constantemente en que la naturaleza de los hombres pertenece a la libertad. Así, antes del pecado, el hombre gozaba de la libertad menor, esto consistía en poder no pecar y poder no morir; después de la resurrección – advierte Agustín- gozará de libertad mayor, la que consiste en no poder pecar y no poder morir. Claramente, esta idea de justificación es escatológica.[2]
Mas aún, del libro XIV, sub 10, se puede extender el juicio de cómo se puede considerar a alguien completamente feliz, que es la concepción clásica de estadía en el paraíso, si no ha conocido ni el temor ni el dolor. Qué merito se halla en cada un de aquellos hombres que vivían en ese jardín[3]. No obstante, el mismo Agustín entiende que sin este pecado original nosotros no podríamos siquiera ser, o venir a ser. Y advierte que el hombre cayó por su propia voluntad.[4]Y en efecto, el mismo Agustín replica “...fue necesario indudablemente el pecado para no reducirse a dos hombres solos, sino a muchos.”[5]
Es entonces que, quizás la caída deba ser entendida como el inicio de la historia, esto desde la generación de los diversos pueblos, que originariamente proviene de uno solo y es de los personajes principales de la caída, y del fratricida Caín, que da por nombre de Henoc a la ciudad, en homenaje a su primogénito, y el de este, Judá, de quién recibió el nombre Judea y los Judíos[6], que todo dependió.
Mas aún, es en esta historia, donde cada uno por medio de su libertad deberá escoger entre el bien y el mal, además y más marcadamente, escoger entre tener fe o no tener, para cuando llegue el fin de los tiempos y sean juzgados, regresar con Dios.
En efecto, en el estudio que realiza san Agustín, se afronta el problema de los orígenes de la historia y de la presencia del mal en este, que si bien no es deseada, dios la permite, ya que ve cierta necesidad de esta en la lucha entre el bien y el mal, para que el hombre logre templar su corazón. Y es de la victoria del bien y de su eterno destino, que dios confía en el futuro del hombre, esto es contemplado desde su eternidad, es decir, desde su perspectiva externa al tiempo, en su calidad de divinidad.
Así, la remisión de los pecados es plena y total, y la renovación interior es progresiva y alcanza su perfección sólo en la resurrección. La justificación cristiana, comporta ya en esta vida la restauración de la imagen de Dios, aunque plenamente sólo se alcanza en el más allá, en la ciudad de Dios.
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[1] Cf. San Agustín, Confesiones. Libro XI, Ed Porrua, s.a. México 1980.
[2] Refiérase a todo cuanto se liga a al vida de ultratumba.
[3] Cf. Aristóteles, Ética a Nicómaco, VI, (sobre la prudencia.) 1142 b 32.
[4] Cf. San Agustín,
[5] Ibíd. XIV, 23.
[6] Ibíd. , XV, 8.
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