El problema epistemológico es, sin duda alguna, el referente que marcó la pauta temática a toda la filosofía moderna. Y la pregunta: “¿Qué puedo llegar a conocer?” es la que guió el camino de muchos autores, entre los que se halla Kant.
En la exposición que realiza Kant a lo largo de “Crítica de la Razón Pura” es posible encontrar –y el mismo autor lo expone como tal – como absolutamente necesarias las condiciones de temporalidad y especialidad para que sea posible la captación y comprensión de fenómenos, en tanto objetos y fenómenos en sí mismos, como también lo sean para la razón.
Ahora bien, dentro de la especificación metódica que realiza Kant respecto del ejercicio del Giro Copernicano Kantiano como una solución a las variantes empiristas e idealistas surgidas como respuestas al cuestionamiento epistemológico del momento, el que caracteriza a toda una época, es de una importantísima consideración para la concepción de las condiciones necesarias para que se de el conocimiento.
Es por esto último que el presente medio intenta enfocar la atención en el área temática de la estética, considerando del aporte kantiano la estética trascendental, y en ésta, encontrando los criterios de temporalidad y espacialidad. Con la intención de gestar a través de este un estudio lo más acabado posible, acotaremos las aristas, de lo que nos proporciona la comprensión kantiana, a una sola: el Tiempo.
No deja de ser importante la trascendencia de los muchos otros autores que se manifiestan al respecto, como Aristóteles, Bergson, San Agustín, Newton, etcétera. Habremos de rescatar de esto las consideraciones efectuadas al respecto por Martín Heidegger, considerando que su máxima obra es “Ser y Tiempo”.
Sin duda alguna la filosofía surge como el paso del Mito al Logos, y en lo que mito respecta, el mito de Cronos nos remonta directamente a la concepción de una atemporeidad, o negación del tiempo, ya que éste al devorar a sus hijos comprometía su existencia a la eternidad. Aun cuando suene un tanto extraño el uso de la concepción de la existencia fuera de un tiempo con lo que se puedan medir los movimientos[1] de este, intentaremos no realizar, en el presente, una ontología ni de Cronos, ni de algún otro ente inextenso, sea como una deidad o la ausencia de ella.[2]
I
En los primeros pasajes de la estética trascendental, Kant, nos explica que todo pensar tiene que hacer referencia directa o indirectamente a intuiciones, y por consiguiente a la sensibilidad propia de cada sujeto. Y esto por que los objetos no se nos pueden dar de otra manera. Estos objetos, los pertenecientes a la intuición empírica, reciben el nombre de fenómenos. Pero, aquello que realmente ordena al fenómeno en cuanto tal es aquel nóumenon, primeramente indeterminado, que se encuentra subyacente a la percepción misma, este último es lo necesario para la comprehensión del fenómeno, es decir, se presenta como las condiciones necesarias para la manifestación de este fenómeno: el espacio y el tiempo.
Si bien, la materia de todo fenómeno nos viene dada luego de la experiencia misma, llámese esto a posteriori, la forma[3] de este se nos presenta antes que él, y “…debe estar completamente a priori, dispuesta para el conjunto de las sensaciones en el psiquismo y debe, por ello mismo, ser susceptible de una consideración independiente de toda sensación.” [4]
Desde estas necesarias condiciones a priori, el tiempo y el espacio no son conceptos reales en tanto sean extraídos empíricamente de una experiencia, sino que son reales en tanto son anteriores a la experiencia misma. Así, el tiempo deberá ser concebido como una “representación necesaria que sirve a base de todas las intuiciones.”[5] Es sobre esta base que se nos vuelca la concepción del tiempo como algo total y absolutamente subjetivo y personal, en tanto es una representación.
De hecho cuando Aristóteles exponía que “el tiempo es el número del movimiento según el antes y el después”[6] lo hacía sosteniendo un argumento contradictorio: “pero de qué vale esto sin una alma que lo mida”[7].
Más aún, una de las consideraciones que más ha afectado al resto de los autores de este respecto, a saber: el tiempo, es la de San Agustín, interpretando esta subjetividad como la de “una distensión del alma como espera y esperanza”[8]. No obstante, no es posible comprender, ni concebir, algún fenómeno en general, eliminando de este el tiempo. Entendiendo fenómeno según el distingo que realiza Kant en el prólogo de la segunda edición como aquello que se muestra en lo natural, o desde la naturaleza, y está sujeto a las condiciones que esta le presenta; como lo son el tiempo y el espacio.
Ahora bien, como parte de la exposición de la comprensión metafísica del tiempo, se nos muestra como axioma de una comprehensión del tiempo el que éste debe ser tenido como uno solo, y frente a la concepción de diversos momentos, el que “tiempos diferentes no son simultáneos, sino sucesivos (al igual que espacios distintos no son sucesivos, sino simultáneos).”[9]
Así, hay que entender que “el tiempo no es un concepto discursivo, sino una forma pura de la intuición sensible.”[10] Y no es más que la condición subjetiva bajo la cual pueden tener lugar en nosotros todas las intuiciones, sólo entonces podremos representarnos esta forma en la intuición interna previamente a los objetos, es decir, a priori.
II
Heidegger nos da a conocer que el tiempo no es sino el horizonte de comprensión del ser de los entes. Así, se nos hace necesario captar la intención de esta “comprensión”, a la que Heidegger llama “de termino medio”, en tanto es la que se rige no por a prioris, sino por todos los prejuicios que la sociedad nos inculca desde el momento mismo en que nacemos.
Es en efecto, que en tanto podamos dar cuenta que en esta comprensión de termino medio se nos dan los diversos fenómenos a nuestro rededor, en tanto que “los fainomena, <fenómenos>, son entonces la totalidad de lo que yace a la luz del día o que puede ser sacado a luz, lo que alguna vez los griegos identificaron, pura y simplemente, con ta onta (los entes)”[11]podremos convivir con las aprehensiones que de estos se tienen. Más aún con la estructura que nos demuestra Kant, que en tanto formal, es requerida para lograr una ontología del diario vivir. Luego, de los entes, o cosas, se pueda inferir que “no podemos decir que todas estén en el tiempo, ya que el concepto de cosa prescinde de cómo sean intuidas.”[12]
Pero, “al decir que tanto la intuición de los objetos externos como la autointuición del psiquismo representan ambas cosas en el espacio y en el tiempo, tal como estas afectan a nuestros sentidos, esto es, tal como aparecen…”[13] nos acerca a una comprensión más bien existencialista. y tal como lo percibe Henri Bergson, “lo que vale es le paso del tiempo interior, y el cómo nuestra alma da cuenta de ello”[14].
Lamentablemente, el Dasein tenido como comprensión de término medio, no puede dar cuenta de todas las ventajas que le entregan el tiempo y el espacio, ya que considera a estos sólo como una mera herramienta para la sobrevivencia en sociedad –cosa que no es mala viendo la multitud de roles que uno cumple en esta- , ya que ni nóumenon ni razón pura importan en la praxis de lo cotidiano para el lego. Así, “el tiempo ya se ha vuelto siempre objeto de ocupación, en cuanto en el Dasein, contando consigo mismo, calcula su tiempo, entonces el comportamiento en el que “uno” se rige explícitamente por el tiempo consiste en el uso del reloj.”[15]
Y si bien “Tiempo y espacio son, pues, dos fuentes de conocimiento de las que pueden surgir a priori diferentes conocimientos sintéticos, como lo muestra brillantemente la matemática pura en lo referente al conocimiento del espacio y sus relaciones.”[16] El lego no da cuenta de ello, manifestándose medianamente sobre lo que le entrega una concepción vulgar de la estética, la que en tanto trascendental, es subjetiva, pero no por ello algo que nos relegue a la ignorancia, por lo que se hace prescindible para el vulgo un dominio respecto de las condiciones necesarias para la comprehensión de los entes, en tanto una de estas condiciones es también concebida como el horizonte de comprensión del ser de los entes, ya sean como lo están siendo en el presente como utensilios o como manifestaciones artísticas que se nos revelan ante los ojos, sin que nos demos cuenta de ello. O sean como parte de un devenir al futuro en tanto les va la esperanza de una prospera existencia regida por los pasos del minutero.
En ocasiones la sensación que nos apremia de aquello que no existe, porque el pasado ya no es, el presente es inextenso y el futuro aún no llega, se vuelve desconsolante, en la medida en que uno no pide venir al mundo, pero toda una vida no alcanza para lograr lo anhelado. Y es ahí donde surge la angustia. Cuando nos vemos frente a frente con aquello indeterminado que determina todo lo que aún es, el paso del tiempo, en el que encontramos – todos sin duda alguna- el mismo final. La muerte.
[1] Cf. Aristóteles. La Física. El Tiempo.
[2] Cf. La concepción de Nihilismo desarrollada por Nietzsche.
[3] Cf. La concepción aristotélica del Ser como una definición hilemórfica.
[4] I. Kant. Crítica de la Razón Pura. Alfaguara. Pág. 66.
[5] Ibíd. A 31.
[6] Cf. Aristóteles. La Física -IV
[7] Ibíd.
[8] Cf. San Agustín. Confesiones, XI.
[9] I. Kant. Crítica de la Razón Pura. Alfaguara. B 47.
[10] Ibíd. A 32
[11] M. Heidegger. Ser y Tiempo. P-7 “El concepto de fenómeno”.
[12] I. Kant. Crítica de la Razón Pura. Alfaguara. B 52.
[13] I. Kant. Crítica de la Razón Pura. Alfaguara. B 69.
[14] Cf. H. Bergson. “Introducción a la metafísica”.
[15] M. Heidegger. Ser y Tiempo. P-81 “La intratemporeidad y la génesis del concepto vulgar del tiempo”.
[16] I. Kant. Crítica de la Razón Pura. Alfaguara. A 39.
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